Besamos el amanecer del año nuevo con la mirada prendida al horizonte y las manos trenzadas con esa fuerza mínima que no aprieta ni permite separarse.
Creemos en las caricias y su poder de hacer que el Sol empuje más a prisa la marea, cuando se pintan rayos ocultos todavía en la distancia.
Nuestros labios tienden la curiosidad de un hechizo —quiero pensar que es sincero— porque mañana me despediré de ti.
Pensaré en la revolución —en el cómo y cuándo te raptaría—, en la injusticia social, “el globo que explota como el Big bang”, en la capacidad de transformar nuestro país, en la incapacidad de querer hacerlo.
Y así nos despedimos, bajo la consigna de dar todo por escrito, hasta un beso dibujado. Dejar la playa con sus huellas infinitas y el siempre cambiante margen entre lo seco y lo mojado, no es tan difícil si la costera me lleva con su fricción incesante de la mano de Johnny Cash.
Al ritmo country del hitch hiking un par de hippies cabalgan con nosotros. Uno de ellos; inválido, adicto al opio; vive en San José del Pacífico. Durante doce años se ha fumado las uñas de los dedos hasta hacerse de un hedor insoportable. El otro, bombero de incendios forestales, deja que el aire frote su melena —al parecer acostumbrada al peculiar olor de su compañero—; comenta que en ese momento ha explotado el ácido que tomó en el desayuno.
“Ramiro Ortega quiso juzgar al par de hippies que se treparon en la Toyota, decir que eran unos yonquis apestosos. Pero temió morderse la lengua. Después de todo —haciendo un recuento como narrador omnipresente—, había pasado y pasaría el resto de este viaje bajo la influencia de todo tipo de sustancias: el 100% del tiempo en marihuana, el 75% borracho, tres viajes de LSD, uno con MDMA, dos de salvia, uno con mezcalina y, finalmente, hongos alucinógenos en medio de la selva. ¿Quién era él para juzgar un par de yonquis?”.
La noche se ha dejado seducir por el crepúsculo que insiste cada día en ser devorado por tinieblas. Entretanto, Sebastián nos lleva a Juchitán con el aguardiente desgarrante de Chavela Vargas en la garganta.
Dos personajes entran en cuestión, son gringos, cenamos tacos de cecina y de chorizo. Primer encuentro con la carne roja desde que salí de México.
Es mi turno tras el timón, así que me arrojo —con los caballos de fuerza rebuznando— a San Cristóbal de las Casas, prendido con la transgresión de Violator, canto Policy of Truth —de nuevo— con la sinceridad a flor de piel.
“¿Somos algo que en esencia siempre es lo mismo, que se estira, se retuerce, se alinea con fuerzas superiores o desciende al inframundo del placer; cambio constante —claro esta— pero siempre desde la misma esencia; o, somos —nada más y nada menos— aquello que narramos de nosotros mismos?”
Eso pienso cuando suena en aire la sinceridad, pienso en lo fino de un buen copiloto, aquel que hace plática, cambia de disco, prende un cigarro, te alcanza el agua cuando tienes sed, pero esta noche ha caído tan dormido que una bruma onírica se escapa de su nariz y oídos, la boca exhala niebla densa como el humo hasta sentirme abrazado como a un ciego lo abraza la negrura.
La blanquead está dentro y fuera del coche, deja invisible lo que intento descifrar como camino, ya no hay nada ni fantasmas ni líneas que lo dividan, todo se hace de humedad impenetrable.
Invade mis entrañas hasta hacerme presa del miedo furibundo. Sin frenar el coche, me doy un aire de astucia y rebaso al coche de enfrente.
A pleno grito se despierta Sebastián. —¡Frena! No mames, frena. ¡El polvo, el polvo!
Agita las manos, como si en verdad pudiera quitarse lo que —según él— es el polvo que nos rodea.
“Sebastián es cineasta y manejó, al filmar su película, desde el desierto de San Luis hasta Oregon y de regreso. Al salir de la Zona del silencio, vio a lo lejos una tormenta de polvo, una densa masa moverse de un lado al otro como una cortina impenetrable. Al acercarse más, y más a prisa, al encuentro con dicho horizonte, dudaba de las cualidades del fenómeno que tenía enfrente. No supo, sino hasta entrar en él, que el polvo fino terracota en cuestión de segundos saturaría todo. Pasarían cinco horas a ciegas para poder salir de ahí. Igual de invisible y denso, ese polvo se fugaba hacia la lejanía. De ahí que Sebastián confundiera la niebla con polvo”
Le hago saber que hemos pasado cierto tiempo entre la niebla y así calmo su terror, a su vez, tener de nuevo copiloto me tranquiliza.
Ahora la niebla cede, las montañas se abren y su relente difumina la luz de la ciudad. Me despedí de ti, de la playa oaxaqueña y he llegado a Chiapas.
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Un letrero dibuja una tangente parece desplazarse, aunque inmóvil, sobre el rodar del tiempo por el camino oscuro de la noche. Lo veo venir desde lejos “Bienvenido a San Cristóbal de las Casas”. Ha quedado de espaldas y la entrada a la ciudad se retuerce en la sinuosa calma del viajero.
No es cosa fácil dar con un lugar para dormir a las tres de la mañana, cuando todo está cerrado y hay que despertar, tanto cuidador nocturno sea posible, para obtener informes.
El Hostal del centro es la opción, una vez que lidiamos con enojos y el rechazo necesario que hizo nuestra cartera a los hoteles de la zona central. Es el precio barato, aunque con una cama menos, lo que nos convence. Había dormido quince días en hamaca, de ahí que no encuentre objeción a pasar la noche en el suelo.
La vibración del bajo y el beat se cuela entre las paredes. Sí, el Hostal del Centro se ubica a un costado de aquello a lo que muchos llamarían un “antro”. Lejos de ser molestia, nos dejamos arrullar por la fiesta sabatina.
Sin dar pie a la creencia de que soy un ente religioso —but still spiritual— lo más de San Cristóbal: sus iglesias, y de todas, las de influencia de los moros en España y el arte mudejar que las decora. Después, la conservada arquitectura que me recuerda en algún modo Oaxaca. Finalmente —y lo más importante, por el constante recuerdo de año nuevo y nuestra plática— pienso en esta ciudad siendo tomada por el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional.
“La efervescencia social es algo indudable e innegable hoy en día en nuestro país; desde las cartas que —difundidas por redes sociales— piden la renuncia de Calderón; la siempre constante remembranza de los cien años (independencia, revolución y ¿en 2010 qué?); la descarada y cínica “guerra contra el narco”; y sin ir mucho más lejos, los levantamientos en el estado de Guerrero que fui capaz de ver en mi trayecto hacia Oaxaca: casetas tomadas por encapuchados. Gente que para esconder su identidad cubren su rostro, tenía tomada una parte de la carretera del Sol, y los federales, con todo y sus metralletas no podían hacer nada.”
Si el día en que el Tratado de Libre Comercio fue firmado, el EZLN tomó Las Margaritas, Altamirano, Rancho Nuevo, Comitán, Ocosingo, Oxchuc y San Cristóbal de las Casas; ¿qué nos hace pensar que si nos revelamos contra el gobierno, llevamos las de perder? Es aquí, en San Cristóbal, que pienso en las armas, pienso en la paz, en el cambio y en la constancia.
El mercado me ofrece sus mejores tamales. Sebastián toma una canasta de zarzamoras, las compartimos entre todos.
Se despliega ante mis ojos la gran escalinata de la iglesia ubicada en la cima del cerro, San Cristóbal Mártir. A un ritmo constante, los primeros pasos me elevan, los segundos y los terceros, los cuartos me hacen sudar, he llegado a la mitad del trayecto. Hikuri Wadley —el perro de Sebastián— se rifa un duelo con el cancerbero y a patadas los separo. Desde la cima vemos el Sol hundirse entre las montañas que nos rodean.
De nuevo, nos cayó encima la noche. Sebastián y yo nos adentramos en un bar y haciendo honor a The Ring of Fire de Johnny Cash, ordenamos dos tequilas y dos cervezas. Salieron las netas, las divertidas y las reprobables; las confesiones y los juicios de valor que siempre hay que aceptar si vienen de un amigo entrañable. A las cuatro de la mañana, completamente borrachos, nos olvidamos de las mujeres en nuestras vidas y bailamos cachondo con las lugareñas.
Caigo muerto y amanezco aun vestido, me conecto a internet y te leo, por primera vez, me inspira el testimonio. De ahora en adelante no podré ver el viaje con mis ojos nada más, son tus ojos que incitan este texto, la mirada que no observa lo que vivo.
Recogemos la ropa que lavaban en el hostal y partimos hacia Palenque. Si con cuidado hubiera revisado mi ropa, habría notado que no me devolvieron ni un sólo calcetín.
Dejamos atrás la gran ciudad, nos adentramos en la selva. Hay una infinidad de verdes, matices que se funden con la niebla, destellos que se quiebran como un haz de luz en el rocío de las hojas. Me siento oprimido por la majestuosa presencia de un estado desconocido, por la bastedad sobria de sus plantas. No tengo expectativas. La tarde no se ha hecho de luces, sino de un gris perpetuo. No lo niego, estoy aterrado sin saber por qué.
Son muchas las comunidades abanderadas por el Zapatismo, las vemos a lo largo del camino. Su lema: “Aquí el pueblo manda y el gobierno obedece” y así es, es cierto, son comunidades autónomas. Leer sus principios nos hace pensar, pensar que si ese es el resultado de la revuelta, ¿aun defenderías que las cosas van a cambiar de un modo pacífico?
Así de veloz se han ido las luces y ya es nocturno el ánimo, Sebastián toma las curvas cada vez con más violencia. Ahora sí estoy muy nervioso, sugiero no llegar hasta Palenque sino acampar en Agua azul, las cascadas. Ahí estamos rentando una cabaña.
“Ramiro Ortega salió de San Cristóbal crudo como un chayote, tal vez de ahí que perdiera todos sus calcetines, de ahí que se sintiera angustiado por el entorno, de ahí que el nerviosismo no lo dejar estar en paz. Pero a salvo estaba en las cascadas de Agua azul, el primer trayecto adentrandose en la profundidad de la selva chiapaneca.”
Pienso en Zapata, en Marcos en el desequilibrio social, en el gobierno solipsista y su agenda privada. ¿Si yo fuera Zapata, aun serías mi Adelita?
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Aun no he visto agua azul ni transparente, sólo tengo el signo de su cuerpo como dardos sonoros que atraviesan el ambiente desgarrado por su oscilante vibrar. Al caer desde alturas indescifrables, raspa el aire su descenso y suelta la brisa aguda que contrasta la gravedad de su impacto. Escucho la potencia de un lugar maravilloso, tanto como es fama entre turistas jóvenes y viejos que han colmado un destino obligado al grado de hacerlo inalcanzable.
Confirma mi sentir la cantidad de límites que han puesto entre las aguas, barandales y cuerdas señalizan hasta dónde permite la experiencia disfrutar. Lejos de gozar las cascadas de Agua azul por su imponente tamaño y los incontables litros que surcan la tierra, son estos pasos clavados en el lodo los que impulsan contactos placenteros, con árboles que estiran sus edades hacia el cielo de ramas confundidas; con rocas que escalamos al perderse la vereda en un afán de hacernos más lejanos, más ligeros y más aventureros que el resto de la gente.
Hikuri Wadley nos sorprende con su astucia, al verse reclamado por no seguir el paso, toma vuelo rodeando la colina a toda velocidad —como si trajera al diablo encima— y, ya con el impulso, da tres brincos para alcanzarnos de roca en roca, como un pequeño zorro de caricatura. Hasta aquí llegamos, hasta vernos rodeados por la selva, hasta no encontrar más camino que el de regreso, hasta no escuchar más las aguas que se azotan. Sebastián y los gringos toman un baño en el río, yo los espero afuera.
“Ramiro Ortega no quiso nadar, el agua era helada, le incomodaba que su ropa estuviera mojada —había llovido mientras caminaban por la selva— y no tuviera nada seco que ponerse al salir, además de los pretextos que cualquiera pone cuando se encuentra menos arrojado que el resto del equipo. En su lugar se dedicó unos minutos de silencio interno a los pies de una gran ceiba.”
Siempre he considerado deleitoso desandar pasos cuando de regreso se admiran los caminos conquistados. Así volvimos de la cúspide y tomamos un jugo de naranja. El juguero me observa, puedo ver su mirada y la distancia que nos aleja, no por una cuestión de espacio, sino por cómo interpretamos el mundo. No se si fue por una conexión entre lo que meditaba y la forma en que nos mirábamos; o simplemente quiso ser amable, pero el señor me regaló una lima.
Es aquí donde escucho por primera vez el idioma tzeltal. Prácticamente todos —los que no son turistas— lo hablan y murmuran guturales gestos incomprensibles, a veces rematan con la risa que denota una posible burla.
El desayuno se hizo de motuleños, rancheros con un poco de arroz y frijoles.
De nuevo en la carretera, de día y con un gran humor the “Rasta man vibration, yeah —positive” nos acompaña y parecen sus notas las que despejan el cielo. ¡Por fin esta selva no se cierra entre nubes y tinieblas!
Resplandece el Sol un poco, como sus rayos pueden colarse entre algodones y nimbos. Hay energía de sobra, comenzamos este día muy temprano y ahora que pasamos por otra disyuntiva del camino, no dudamos en dar vuelta tras un rápido consenso. Misol-Ha, otra cascada, nos espera. A pesar de ser tan afamada, Agua Azul no llenó por completo nuestras expectativas. Afrontamos la ruta sin querer esperar nada a cambio. Aunque es inevitable imaginar si esta cascada es, o no, mejor —en cualquier sentido— a la anterior.
Tras un sinuoso resbalar de llantas parqueamos en el punto final del camino. Todos toman sus toallas y bañadores —esta vez, yo también— y comenzamos el descenso hacia el tanque inmenso que sostiene a Misol-Ha.
La fuerza con que mana un sentimiento puro desde sus treinta metros de altura nos deja boquiabiertos. Creemos que, en verdad, es lo más hermoso hasta ahora descubierto; su caída impresionante, el aro inmenso que hace poza, las infinitas calidades de gotas. El agua se desplaza como un sólo ser, inunda profundidades geológicas, se cuela entre sus vértices penetra fallas, brota por cada ínfimo detalle, pequeñas regaderas por los huecos hundidos, salientes que alborotan la espuma eterna —batalla que se juegan agua y aire—, revolotea, se hace fina, desploma sin cuidado su pesada tempestad que no detiene su andar.
Parados en un punto perfecto encuadran la fotografía del recuerdo las cámaras de los gringos. Ni Sebastián ni yo llevamos más que nuestra memoria para imprimir estas imágenes.
Me quito poco a poco la ropa, lo de arriba y lo de abajo después. Semidesnudo me enfrento a la gran cascada, a la alberca natural que se revuelve y renueva constantemente. Doy un clavado y me sumerjo. El agua está muy fría, nado de crol hasta llegar al centro. De ahí, intento acercarme a la gran caída, la corriente me lo impide. Me dejo llevar —cual céfiro empapado— como el aire a la brisa que baña mi rostro sostenido por la superficie.
Del otro lado, dejo que otras cascadas caigan encima de mí, adentro de ellas siento derrumbar lo indeseado de mi suerte. Me renueva descubrir una gruta trazada hacia la profundidad de esta roca inmensa y montañosa. Entramos con cautela por la cueva completamente invisible a la luz de los pasos que se dan con cuidado, entre pequeñas charcas, pozas y ríos de un metro de profundidad.
Dentro de esta opacidad tenebrosa se escucha el signo de otro borboteo descomunal llegamos hasta él y al final de la cueva. Nadar en esta oscuridad trepidante genera un sentimiento muy intenso, se siente uno perdido en el espacio y los silbidos de los murciélagos son estrellas fugaces.
Nos sentamos detrás de la caída de agua pretendemos saltar y atravesarla, nos da miedo. Brinca el primero, el segundo; es mi turno y siento que estoy saltando al abismo, como cuando uno se enamora.
De regreso rodeamos la gran cascada. Al pasar detrás, ínfimas pizcas, chispas vuelan con las corrientes de aire y ofrecen resistencia a la gravedad elevándose en contra, como polvos mágicos o quiragras rebeldes.
Pienso cómo describirte lo que veo y las palabras no se acomodan en mi mente. Sólo puedo decir que en esta cascada el agua quiere irse para arriba y lucha con lo imposible para crear esferas como halos de resistencia.
Me encantaría estar aquí contigo para comprobar que este escrito es cierto, y no son metáforas que enaltecen lo que vivo.
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“Ramiro Ortega sentía que todo el viaje a Chiapas era resultado de una búsqueda con fines desconocidos, así como quien anda a ciegas por un camino —sin saber cuál es el destino— por el sólo hecho entablar diálogos con la vida que se escurre entre los pasos, que despliega acertijos en cada curva, en cada edificio, en cada tronco de un árbol ancestral, en cada mirada de gente que no se conoce y en las palabras que dejan abierto su enigma, para ser resuelto al conocerse.”
Al respirar aromas impregnados en el aire de selva doy cuenta de su intensa oscuridad apaciguada. Tenacidad tranquila, en estado de paz, me siento renovado por las cascadas.
Trayecto corto en caminos sinuosos, entre pequeñas colinas. Los gringos nos confiesan que compraron en la playa ocho viajes de acido lisérgico. A mi se me revuelve el estómago y dudo que mi cuerpo sea capaz de consumirlo.
La señal de Palenque es una te en la carretera. Hacia la izquierda ruinas, a la derecha ciudad. La ansiedad de los gringos por Palenque, se nota desde lejos. Quieren dar vuelta, conocer inmediatamente las ruinas sin importar lo mucho que hemos hecho en este día. Hace unas horas estábamos en las cascadas.
La tarde es aun joven y no suelta los azules del cielo despejado. Así planeamos darnos —con el museo de Palenque— una pequeña idea de lo que habríamos de ver en la siguiente jornada de este viaje que no parece terminar.
En excelente estado de conservación, el museo nos ofrece repetidos textos,
poco concisos y bastante vagos; pero también las piezas más asombrosas. Analizamos cada obra que data del periodo clásico de la cultura maya. Todas las esculturas con expansiones en las orejas, deformación del cráneo, algunas con los ojos viscos.
Pensamos si era costumbre —en general— manipular la forma de los cuerpos de todos los habitantes, o respondían estas, al fondo ideológico de las clases más privilegiadas y a la realeza, de manera que sólo a algunos —como insignia de honor y demostración de poder— se les modificaban los cuerpos.
Las lápidas con relieves muestran —desde mi punto de vista— de lo más asombroso en cuanto a cánones estéticos se refiere. Desde una aproximación completamente diferente a la creación matemática del renacimiento; cuentan con un sentido de perspectiva, una forma detallada de mostrar inclinaciones de hombros y caderas, de las manos y sus señales —es decir, del escorzo— de lo que está adelante y lo que está atrás. Son —en cierto sentido— naturalistas. No le han de pedir nada al canon de Policleto.
Después, los incensarios son enormes vasijas con los rostros de deidades, gobernantes, naguales o animales; usados en los ritos y ceremonias. Pienso en la suma importancia del humo en prácticamente todas las religiones. Desde los mayas antiguos como los orientales y católicos.
Finalmente, nos queda el abandono de una civilización completa a sus ciudades. Lo grave no es dicha decadencia sino la pérdida del conocimiento, de la ciencia y el arte.
“Serge y Cory —los gringos— tenían todo tipo de herramientas y utensilios perfectos, hechos única y exclusivamente para acampar. Sebastián y Ramiro Ortega, por el contrario, tenían únicamente su hamaca, un sleeping bag, ropa (sin calcetines en el caso de Ramiro) y libros —todo por la completa ignorancia del destino que tomaría su viaje después de la playa—.”
Ahora que buscamos dónde acampar, los nombres —repetidos una y otra vez— se borraron de mi mente. Sólo al ver el letrero que sostiene la entrada, lo puedo identificar. En Mayabel hacemos nuestra base. Salgo en busca de hierba para fumar, entre los campamentos de nuestra área, así como nosotros, nadie cuenta con ella.
En otro lugar llamado El Michol me acerco a una pareja de hombres gordos,
pregunto por la refinada ganja. Uno de los dos dice que su mujer probablemente quiera compartir, se separa del otro personaje y me lleva a su motor-home.
Esta pareja son Balú y Laura. Él es —tal cual— del libro de la selva (versión gringo-redneck-chopper-lover). ella guarda un parecido con mi tía, y es italiana. Fumo con ellos porro tras porro platicando de aquello que se platica tan casual como es posible. Para ese entonces, llevaba varios días hablando en inglés. Súbitamente el tema de los ácidos sale a la mesa. Balú nos propone un cambio: hongos alucinógenos por suficiente ácido para ellos.
Una vez de regreso a Mayabel, Sebastián me recomienda —tras contarle el encuentro con Balú— que le ofrezca cruzar al otro lado con hierbas mágicas para fumar. Ahí estamos de regreso Balú sentado, con el chilum en su boca y yo enciendo la salvia. Y así Balú se va por unos minutos. Se ríe y nosotros con él, aunque sabemos Sebastián y yo que Balú no está con nosotros, sino del otro lado hundido entre las fibras de lo desconocido. Gracias a esta experiencia, se entabla muy buena amistad con ellos.
Nos vamos, y al caminar de regreso —en la entrada— un grupo de borrachos se burlan de nosotros por ser gringos con la peor pronunciación posible —Hey, hey you. One, two, five, six, eleven twelve. Ja ja ja ja. —Los ignoramos y seguimos de frente.
Metido en el abrazo de mi hamaca me veo dormido desde fuera de mi cuerpo y mezco su vaivén antes de irme a soñar. Es madrugada y Hikuri Wadley no para de arrojar sus ladridos al aire, yo pretendo seguir correteando el sueño. El problema es que ahora, no sólo es Hiku quien grita en son de alarma, también vienen de lejos exclamaciones de un hombre que no recibe respuesta. Primero, sus gritos dicen: —hello! somebody help me! —después, se decide por el español y no para de gritar— ¡Socorro, socorro! —Así, hasta levantar a Sebastián de la hamaca.
“Sebastián recorrió no más de cuarenta metros hasta la entrada del lugar, para encontrar al tipo que pedía ayuda frenéticamente. A su costado, tirado en el suelo yace un hombre muerto a golpes, es el cuidador del turno de la noche —hermano del cuidador simpático del turno de la mañana—. El hombre desesperado le dice que no sabe qué sucedió y encontró al hombre inconsciente, abatido por una paliza y completamente muerto. Poco a poco comienza a llegar más gente y la noche deja su oscuridad para aclararse con el amanecer. La recepción y el bar habían sido allanados y todo parece indicar que los borrachos que se burlaron tanto de los gringos como de nosotros, eran responsables del asesinato. Aunque nadie supo si estas deducciones eran verdad. Ni la policía que tomó la declaración de Sebastián.”
Me queda pensar en la vida y la muerte, pensar en que —a menos de un tanto de distancia, a penas en la entrada del lugar— asesinaron a una persona. La vida tan efímera y la muerte tan súbita que silencia con su toque.